ISAACS, JORGE
Escritor vallecaucano (Cali, abril 1 de 1837 - Ibagué, abril 17
de 1895). A Jorge Isaacs le correspondió vivir en el agitado
período de consolidación de la República, de las luchas entre
los poderes militar y civil, de las sucesivas guerras civiles en
las cuales participó (1854, 1861, 1876, 1880 y 1885); período
que va desde la presidencia de José Ignacio de Márquez hasta la
de Miguel Antonio Caro, durante el cual se sucedieron y aplicaron
tres Constituciones (la radical de 1853, la federal de Rionegro
de 1863 y la centralista de Núñez de 1886); período en el que
el país vivió el auge del utopismo radical de la época de
José Hilario López, del Tomás Cipriano de Mosquera liberal y
de Manuel Murillo Toro, y su crisis con el ocaso del Olimpò
Radical y la Regeneración de Núñez. Isaacs se opuso a la
Regeneración, hasta el punto de encabezar, en un gesto
descabellado y romántico, la revolución radical de Antioquia en
1880.
Infancia: El paraíso
perdido
Jorge Enrique Isaacs nació en Cali (o en Quibdó, como algunos
biógrafos han sostenido, al parecer sin mucha razón). Tenemos
pocos datos precisos acerca de los años de su infancia. Isaacs,
siempre tan generoso en palabras, escribió muy lacónicamente en
una carta autobiográfica de 1874: «Nací en el Estado del Cauca
(basta eso) el 1 de abril de 1837. Fueron mis padres: el señor
Jorge Enrique Isaacs, súbdito inglés, que solicitó carta de
naturaleza en Colombia a la edad de 20 años y la obtuvo del
Libertador en 1829; la señora Manuela Ferrer, colombiana de
nacimiento. Recibí instrucción primaria en una escuela de Cali
y en otra de Popayán (la del señor Luna).
En 1848 empecé a estudiar en Bogotá en el Colegio del Espíritu
Santo del doctor Lorenzo María Lleras; más tarde cursé
también en San Buenaventura y San Bartolomé». George Henry
Isaacs, un judío de origen inglés nacido en Jamaica, se
estableció en el Chocó desde 1822, donde mediante la
explotación minera aurífera y el comercio con Jamaica, logró
amasar un buen capital. Más tarde, ya obtenida la ciudadanía
colombiana, convertido al cristianismo y casado con Manuela
Ferrer Scarpetta, se trasladó de Quibdó a Cali. Cerca de esta
ciudad compró dos haciendas: La Manuelita en 1840 (sede hoy del
famoso ingenio azucarero homónimo), y luego El Paraíso
(propiedad de la familia entre 1855 y 1858), que será la
"casa de la sierra", escenario de María.
Son muy escasas las referencias documentales acerca de los
primeros años caucanos y bogotanos (a menos que se consideren
como fielmente autobiográficos los capítulos de María que se
refieren a la experiencia bogotana de Efraín). A pesar de que
Isaacs estudió en Bogotá entre 1848 y 1852, es decir, durante
los años del gobierno de José Hilario López y de las primeras
reformas radicales, el futuro radical aguerrido no menciona los
acontecimientos de esos años. Por el contrario, abundan en la
poesía de Isaacs las reminiscencias líricas y nostálgicas de
la infancia y de la casa paterna. La partida para Bogotá
significó una ruptura decisiva en su vida, pues atrás quedaban
los años edénicos de la inocencia, la compañía de los niños,
los juegos infantiles evocados en poemas tempranos como
"Mayo" (1860), "El primer beso" (1864), o
tardíos como "El viejo soldado" (1890), en los que
recuerda los días felices y aparecen en un marco idílico
algunos personajes de María como la chica más juiciosa que lo
enamora, el fiel perro Mayo, Felipe, el negro Juan Angel, Sinar y
las historias que contaban los esclavos.
En la poesía también evoca Isaacs el espacio idílico donde
transcurrió su infancia: el río Nima de limpias aguas, sus
guaduales, los bosques, las garzas de blancas plumas, las
cuncunas, los rumores de hojas y aguas. La poesía de Isaacs, al
igual que María, recuerda con frecuencia y nostalgia la casa
paterna y la figura del padre, presente en toda su obra
literaria, que aparece ya en el temprano poema "La tumba
suya" (1861) y en el hermoso texto en prosa poética
titulado "La luna en la velada" (1868).
En noviembre de 1852 Isaacs regresó a Cali, al parecer sin haber
terminado los estudios de bachillerato. Ya la situación
económica de la familia era difícil, lo cual no le permitió
viajar a Inglaterra para estudiar medicina, como estaba previsto.
Sabemos que en 1854 luchó en las campañas del Cauca, durante
siete meses, contra la dictadura del general José María Melo.
La guerra civil contribuyó a la ruina de las haciendas paternas,
al faltar la mano de obra y la caña para moler. En noviembre de
1856 contrajo matrimonio con Felisa González Umaña, una joven
de 14 años (la Selfia y Felisa de varios poemas) con la que tuvo
una numerosa prole. Se dedicó al comercio en Cali, sin mucho
éxito. Siguiendo sus inclinaciones, pensó dedicarse a la
literatura dramática. A esta época (1859-1860) corresponden sus
primeros poemas y sus dramas históricos: los inéditos Amy
Robsart (1859), sobre el cual, años más tarde, formuló un
riguroso juicio crítico; María Adrian (o Los Montañeses en
Lyon) y el poco conocido Paulina Lamberti.
En el año 1860 tuvo lugar el levantamiento de Tomás Cipriano de
Mosquera contra el gobierno central. Isaacs, que tenía entonces
23 años, tomó armas contra el general. Combatió en el puente
de Cali y participó en la batalla de Manizales, del 28 de
agosto. Este es su primer contacto con la tierra de Antioquia,
que le fue siempre muy querida. El 16 de marzo de 1861 murió el
padre. Dejó un buen patrimonio, pero también conspicuas deudas.
Terminada la guerra, Isaacs volvió a Cali para encargarse de los
negocios familiares, de acuerdo con la voluntad paterna. Tuvo que
dejar a un lado sus intereses por la botánica, la anatomía, la
medicina y, según él mismo afirmó, «caí de tan alto a un
mostrador, sobre el cual, para no perder del todo el tiempo, me
di a borrajear mis versos de muchacho». En un intento por salvar
de la ruina las haciendas y los negocios, acudió a préstamos
que no logró cancelar en los plazos establecidos. Dejó a su
hermano Alcides al frente del disminuido patrimonio familiar, y
viajó a Bogotá (1863). En 1864 se remataron las haciendas La
Rita y La Manuelita, en subasta pública, las cuales fueron
adquiridas por Santiago Eder en las dos terceras partes de su
avalúo, sin que lo recaudado alcanzara para el pago de los
numerosos acreedores.
La fama literaria. De
Bogotá a Chile
Enredado en pleitos, Isaacs acudió en Bogotá a los servicios
profesionales de José María Vergara y Vergara y de Aníbal
Galindo. El primero de éstos se convirtió en su mentor
literario, al presentarlo a los miembros de la tertulia de El
Mosaico, quienes, después de oír la lectura de sus poemas,
asumieron su publicación. Esto quedó consignado,
excepcionalmente, en el acta de la tertulia de junio 24 de 1864,
suscrita por destacados escritores, entre los cuales figuran
José María Samper, José Manuel Marroquín, Ezequiel
Uricoechea, Ricardo Carrasquilla José María Vergara y Vergara,
Salvador Camacho Roldán, Diego Fallon y Manuel Pombo. Con
algunos de ellos lo unirá una larga amistad. Por esa época
también participó en las veladas en la casa de Miguel Antonio
Caro, quien, años más tarde, después del paso de Isaacs al
radicalismo, se convirtió en uno de sus acérrimos enemigos. En
noviembre de 1864 el general Mosquera nombró a Isaacs
subinspector de los trabajos del camino de herradura entre
Buenaventura y Cali. Durante el año que desempeñó este cargo,
en el campamento de La Víbora, en el clima adverso de las selvas
hermosas pero malsanas del Dagua, viviendo como salvaje,
aprovechando las horas nocturnas y de descanso, inició la
redacción de María.
Allí contrajo paludismo, enfermedad que lo llevó a una muerte
prematura a la edad de 58 años. A1 renunciar al cargo regresó a
Cali, donde terminó la redacción de la novela. A1 año
siguiente lo encontramos en Bogotá, dedicado al comercio en su
almacén, donde vendía mercancías importadas diversas: telas,
ropa, mercería, herramientas, cristalería y «setecientos
ochenta artículos más», según rezaba un aviso publicado en
varios periódicos de la capital. María fue publicada en mayo de
1867 por la imprenta de José Benito Gaitán, en una edición de
800 ejemplares que se vendieron al precio de $ 1.60.
El texto de esta primera edición fue revisado por Ricardo
Carrasquilla, y el de la segunda (1869), por Miguel Antonio Caro.
El éxito de la novela fue inmediato, no sólo en Colombia sino
en toda la América Hispana. Jorge Isaacs se convirtió, según
relatan sus contemporáneos, en uno de los hombres más admirados
y solicitados de la capital, y en uno de los miembros más
prometedores del partido conservador. Como tal, inició su
actividad periodística y política. A mediados de 1870,
convertido ya al partido radical, fue nombrado cónsul general en
Chile.
Camino hacia el sur, escribió sus "Notas" de viaje,
que envió al Diario de Cundinamarca, en las que comentaba los
progresos de la economía del Cauca en los últimos años de paz.
Desde Chile envió, entre otros un interesante trabajo titulado
"La Confederación Argentina", en el que hace una
reseña histórica y un elogio de la misma como modelo de
progreso. En el desempeño de su actividad consular se esforzó
por rectificar y mejorar la opinión que los chilenos tenían de
Colombia; se esmeró por mejorar las relaciones comerciales entre
los dos países. A su regreso al Cauca, adquirió, en sociedad
con el chileno Recaredo Infante, la hacienda Guayabonegro, pero
después del retiro del socio capitalista se vio obligado a
declararse en quiebra.
Intentó inútilmente venderla para cancelar deudas; finalmente,
después de muchos pleitos, la hacienda fue embargada y luego
vendida en subasta pública en 1878.
Política y periodismo
Isaacs inició su actividad periodística en 1867. De filiación
conservadora, al igual que su padre, a partir del 1 de julio y
hasta el 4 de diciembre, dirigió La República, periódico
conservador moderado fundado ese año. Aquí publicó
regularmente los editoriales y varios artículos de tema
principalmente político, pero también de tema social y
económico. Su filiación política no le impidió pertenecer a
la masonería.
Su fama literaria y su desempeño en la redacción de La
República le abrieron el camino de la política, a la que estuvo
vinculado activamente hasta 1881. Fue elegido representante del
Tolima al Congreso de 1868 y 1869, pero tuvo problemas con el ala
más intransigente de su partido, por oponerse al indulto a
Mosquera. Algunos biógrafos relatan que en el Congreso, cuando
un copartidario le reprochó sus simpatías por el partido
liberal, contestó: «Sí, he pasado de las tinieblas a la luz».
Efectivamente, en 1869 Isaacs cerró filas con el radicalismo.
Durante el resto de su vida fue uno de sus militantes más
aguerridos. Esta conversión al radicalismo no le fue perdonada
por muchos de sus antiguos copartidarios; le valió rencores y
burlas hasta el final de su vida.
El 1 de febrero de 1870 fue nombrado secretario general de la
Cámara de Representantes. A su regreso de Chile, participó
activamente en la política caucana. Con su primo César Conto,
editó en Popayán el periódico doctrinario El Programa Liberal,
donde sostuvo una enconada polémica contra los conservadores
clericales y el periódico Los Principios de Cali. Suspendió la
publicación del periódico a causa de la revolución de 1876, en
la que participó, en la batalla de Los Chancos, al lado de su
primo. En agosto de 1877 fue nombrado secretario de Gobierno del
Cauca por el presidente Modesto Garcés, y por algún tiempo
asumió simultáneamente la Secretaría de Hacienda. A finales
del año viajó a Bogotá como diputado del Cauca a la Cámara de
Representantes.
Sus encendidos discursos contra el conservatismo y el clero, en
defensa de las propuestas legislativas de los radicales, fueron
aplaudidas por las barras de estudiantes y de obreros. Con
algunos miembros independientes y radicales del Congreso firmó,
el 13 de febrero de 1879, un acta en busca de la conciliación
entre las facciones rivales de liberalismo. En 1879 fue elegido
presidente de la Cámara. El día 6 de mayo de ese año, Isaacs y
otros congresistas liberales que se oponían a leyes que
favorecían al clero, fueron perseguidos por la calle y
apedreados por grupos de fanáticos. A raíz de estos
desórdenes, conocidos como la "lapidación del
Congreso", el presidente Julián Trujillo clausuró la
corporación. Isaacs se negó a asistir a las sesiones
extraordinarias y se marchó a Antioquia, como secretario del
presidente Rengifo.
En junio de 1879 asumió por corto tiempo la dirección del
periódico radical La Nueva Era, donde publicó inflamados
editoriales y violentas diatribas contra los nuñistas y los
conservadores. En Antioquia, la situación política se había
vuelto notablemente crítica. Cuando los conservadores se
levantaron contra el gobierno de Rengifo, los liberales reunieron
voluntarios para defenderlo. En estas circunstancias, Isaacs se
proclamó, en enero de 1880, jefe civil y militar de Antioquia,
creyendo tener el apoyo del partido y del gobierno central. Pero
al fallarle este apoyo, tuvo que rendirse con sus tropas tres
meses después. a raíz de estos sucesos, fue expulsado de la
Cámara. Después de esta aventura, no volvió a participar
directamente en político.
Fracasado el intento revolucionario antioqueño, se estableció
con su familia en Ibagué, en una casita que le prestó Juan de
Dios Restrepo. Publicó el Primer Canto del extenso poema
titulado Saulo (1881) que quedó inconcluso. A finales del año,
Rafael Núñez lo nombró secretario de la Comisión Científica,
y comenzó su vida errante por diversas regiones del país. De
regreso a Ibagué, enfermo y desencantado, pensó en irse a la
Argentina por invitación del general Roca, y mientras tanto se
dedicó a la lectura de Plutarco y de César; pero la guerra de
1885, «que tanto esfuerzo hice por impedir» y que calificó
como «mi última locura de patriota», frustró su viaje y lo
distrajo de sus lecturas. En agosto, «el desprestigiado Jorge
Isaacs» fue capturado con sus hombres en el Tolima.
Isaacs, educador
Esta es una de las actividades menos conocidas en la vida de
Jorge Isaacs.
Su preocupación por la educación fue muy temprana y duradera.
Durante su consulado, había observado con interés la práctica
de la enseñanza primaria en Chile y Argentina. A su regreso a
Colombia, mientras intentaba vender la hacienda de Guayabonegro,
aceptó en Palmira, en 1874, su primer cargo en la educación
pública primaria. Desde ese momento propuso la creación de
escuelas rurales diurnas y nocturnas. El año siguiente
desempeñó la misma función en el Municipio de Cali, y a partir
del 1 de diciembre de 1875 se posesionó como superintendente
general de Instrucción Pública Primaria en el Estado del Cauca.
Isaacs volvió a desempeñarse en educación como director de
Instrucción Pública del Tolima, entre enero de 1883 y mayo de
1884. En todos estos cargos, siempre se preocupó por la calidad
de la enseñanza, por la preparación y cumplimiento de los
maestros y directores, por la aplicación y nivel académico de
los alumnos, por la educación de la mujer, por las rentas y
dotación física de las escuelas.
Procuró la creación de escuelas nocturnas para adultos y para
jóvenes trabajadores, de escuelas de agricultura y de oficios y
la enseñanza de estos últimos en las escuelas públicas.
Ordenó a los delegados de Instrucción Pública visitar
periódicamente las escuelas de su municipio y rendir informes de
cada visita. Se dedicó él mismo a visitar escuelas de varios
municipios del Cauca. Insistió en la aplicación del método
Pestalozzi, que consideraba el más conveniente. Isaacs siempre
tuvo graves conflictos en su Estado con las autoridades
eclesiásticas, por aplicar las leyes radicales acerca de la
educación laica.
El obispo de Popayán amenazó con la excomunión a los padres
que matriculaban a sus hijos en las escuelas públicas o en la
Normal Superior, prohibió la lectura de El Programa Liberal y
excomulgó El Escolar (órgano oficial de la Superintendencia).
En mayo de 1877, hordas de fanáticos ocasionaron destrozos en la
Superintendencia y en la Escuela Normal. Sin embargo, Isaacs
siguió preocupándose por la educación en el Congreso, como
representante de Estado del Cauca.
Isaacs, explorador
La Expedición Corográfica se había interrumpido poco después
de la muerte de Agustín Codazzi, en 1859. El gobierno de Núñez
quería continuar la exploración del país y de sus recursos.
En 1881 se «ordena el establecimiento de una Comisión
Científica permanente para el estudio de los tres reinos
naturales de la república», con particular interés en el
conocimiento y explotación de las minas, consideradas de gran
importancia para el desarrollo material del país. La Comisión
debía, además, especificar y describir «las plantas, resinas,
aceites y frutos aplicables a la medicina y a la industria,
completando estas nociones con los herbarios y las colecciones de
muestras que proporcionen su completo conocimiento». La
Comisión estaba integrada por el director, el argelino Carlos
Manó, por Francisco Javier Tapia, como botánico y dibujante,
por Lázaro María Girón, como auxiliar técnico, por Rubén J.
Mosquera, como amanuense y auxiliar del secretario, y por un
secretario, cuyo nombramiento recayó en Jorge Isaacs. Este
último quedó encargado de revisar y redactar los trabajos, y
escribir sus propias observaciones, preferiblemente acerca de los
siguientes temas: «Descripción de la naturaleza física .
En el terreno recorrido, costumbres de los habitantes, grado de
adelantamiento moral e intelectual que hayan alcanzado por
virtud, sobre todo de la enseñanza pública, y dirección de las
escuelas en que ésta se dicta; probable desarrollo de la
población por el régimen higiénico de los grandes centros que
visite; una estadística sencilla de las aguas medicinales».
Estas observaciones debían publicarse en los Anales de
Instrucción Pública. El contrato se firmó por el término de
un año, prorrogable a voluntad de Isaacs. El gobierno de la
Nación se comprometía a pagarle puntualmente, por semestres
adelantados, el suelo anual de $ 3000. En octubre de 1881 Isaacs
salió de Bogotá con destino al Estado de Magdalena.
En los diez meses siguientes exploró la región occidental, los
«desiertos de Aracataca», donde descubrió yacimientos
carboníferos. En sus informes, esbozó sus planteamientos sobre
las posibilidades de explotación de las hulleras y del
desarrollo agrícola de la región, mediante la colonización con
gente laboriosa y pacífica del Estado de Santander. Visitó el
territorio de los motilones, la Sierra Nevada y luego la Guajira.
El gobierno incumplió con los pagos establecidos, lo cual
obligó a Isaacs a contraer préstamos. Por esta y otras razones,
continuó las exploraciones por su propia cuenta. Como resultado
quedaron los informes oficiales publicados en el Diario Oficial y
en diversos periódicos, la mayoría de los cuales fueron
recogidos bajo el título "Hulleras de Aracataca", y un
trabajo de tipo etnolingüístico, "Estudio sobre las tribus
indígenas del Magdalena" (1884), en el cual, al lado de las
observaciones geográficas e históricas, encontramos
vocabularios y observaciones sobre las lenguas businca, motilona
y guajira.
Este escrito le valió una crítica feroz de su antiguo amigo
Miguel Antonio Caro, quien en el artículo titulado "El
darwinismo y las misiones", hacía referencia al darwinismo
y al judaísmo de Isaacs desde una perspectiva católica.
Anteriormente el nombramiento de Isaacs como secretario de la
Comisión había suscitado las críticas y las burlas de Rafael
Pombo, en el periódico El Conservador, a las que respondió
Isaacs con acrimonia; de igual manera, se había referido
irónicamente a «los arqueólogos chibchas de gorro y
pantuflas» en una carta de 1886. Después de una pausa, Isaacs
reanudó sus exploraciones primero en la región meridional de
Cundinamarca, donde en unas cavernas encontró numerosos cráneos
de hombres muy antiguos, dos de los cuales creyó ingenuamente
«son de hombres simios y que pueden representar el eslabón
perdido». En noviembre de 1886 inició su segundo viaje a la
Costa Atlántica. Antes de partir celebró contrato con el
Ministerio de Hacienda, «para la explotación de las hulleras de
Aracataca y las que se descubran en el macizo de la Sierra Nevada
de Santa Marta, Territorio de la Guajira y el Golfo de Urabá».
En este segundo viaje lo acompañaron su hijo Jorge y un fiel
servidor, Belisario, quien murió en el curso de la exploración
y a quien Isaacs dedicó uno de sus mejores poemas.
Recorrió la zona de Sevilla, Aracataca y Fundación; luego
Montería, Ronda y Masuga. Descubrió yacimientos de hulla en
Riohacha, Dibulla, Naranjal y Rincón-Mosquito, petróleo en el
golfo de Urabá, y dos yacimientos de fosfato de cal, en la
Guajira y en la Isla Fuerte. A1 poco tiempo de su regreso de la
Costa, tal vez refiriéndose a las críticas de Rafael Pombo y de
M. A. Caro, escribió a su primo Jorge Holguín: «Hacer todo
eso, arriesgando la vida a todas horas, . viviendo entre las
tribus bárbaras que devora la peste, o embarcado en una cáscara
de nuez y desafiando tempestades [...] me parece mejor y más
útil y efectivo que hacer odas y madrigales para divertir gratis
al público sensible. ¿Qué dice Ud., autor y maestro, de mi
sensatez prosaica? Las musas dizque están, por ende enojadas
conmigo y desdeñosas. ¡Embustes! Menos enamoradizos habrían de
ser. Lo que hay es que no siempre se ha de vivir canturriando: el
país está en miseria, y más para que le ayuden que para
coronar poetas». De regreso a Ibagué, descubrió en sus
alrededores diversas minas de oro de filón y de aluvión, y se
propuso establecer una compañía para explotarlas.
Isaacs siguió alimentando la esperanza de realizar fabulosos
negocios. El espejismo de la riqueza nunca lo abandonó.
Ultimos años
Isaacs pasó los últimos años de su vida (1888-1895) con su
familia en Ibagué. Aunque consideraba su residencia en esta
ciudad como un destierro, su situación económica lo obligó a
permanecer allí. En sus frecuentes viajes a Bogotá, hizo
múltiples intentos por conseguir financiación extranjera, en
Nueva York y París, para la explotación de las hulleras; un
año antes de su muerte cedió sus derechos a la Panamerican
Investments Co. A1 mismo tiempo (1891), se dedicó a la revisión
de la tercera edición de María, en cuyo texto introdujo
correcciones sustanciales con miras a una cuarta edición
definitiva, que no llegó a publicarse antes de su muerte; a la
composición de un extenso poema sobre Antioquia titulado
"La Tierra de Córdova" (1893); y a la investigación
documental para una trilogía sobre la historia del Gran Cauca,
que debía estar conformada por las novelas Fania, Camilo (o Alma
negra) y Soledad.
La gran novela histórica sobre el Cauca quedó, sin embargo, en
la mente de su autor. Isaacs murió en Ibagué, el 17 de abril de
1895, sin haber logrado superar la visión romántica del mundo
que dejó plasmada en su única novela y obra maestra María. Por
sus múltiples intereses y actividades Isaacs fue, como pocos,
uno de los hombres más representativos del siglo XIX colombiano.
De su corta pero intensa vida, que tiene todos los ingredientes
de una novela de aventuras, quedan abundantes escritos no sólo
literarios. Aunque es conocido exclusivamente como el autor de
María, obra a la que debe su lugar privilegiado en la historia
literaria, Isaacs nunca estuvo apartado de la literatura, ni
antes ni después de María. Aunque no logró plasmar su gran
novela histórica que superara a María, dejó una copiosa obra
poética, en la que se destaca, entre otros, un poema tan
inmerecidamente desconocido como Saulo [Sobre la obra de Isaacs,
ver tomo 4, Literatura pp. 78, 87-88 y "Jorge Isaacs",
pp. 89-100].
Crítica y escenas de la novela María de Jorge Isaacs
". . . el revuelo de un ave que al pasar sobre nuestras
cabezas dio un graznido siniestro y conocido para mí,
interrumpió nuestra despedida; la vi volar hacia la cruz de
hierro, y posada ya en uno de sus brazos, aleteó repitiendo su
espantoso canto".
Apreciaciones críticas
de María:
De las dos formas típicas de la novela romántica, una, la
truculenta y sombría, fue desapareciendo gradualmente, en tanto
que la otra, la idílica, se mantuvo y dio su fruto más sazonado
en la María (1867) del colombiano Jorge Isaacs (1837-1896):
historia perfecta en su estilo, en la que sobresalen, junto a una
delicada intensidad de sentimientos que está en el límite del
sentimentalismo, los paisajes esquisitos --que han conquistado
para los lectores la admiración por el valle del Cauca--, y la
pureza de su prosa.
Jorge Isaacs (Cauca, 1837-1895) es el autor de la excepcional
María (1867). María dista de ser una novela interpretada de un
modo unívoco y siempre aprobatorio. La crítica le mezquina de
ordinario lo que el público lector de lengua castellana le ha
brindado, casi desde la primera hora, hasta convertirla en una de
las obras más leídas y con mayor número de ediciones en la
literatura de nuestra lengua.
Es, de las novelas decimonónicas, la historia de amor funesto
más sugestiva, sentida y llena de signficado. La novela narra
los amores de dos jóvenes adolescentes que dan contenida vida a
su primer amor . . . . El encantamiento sensual o la vehemencia
de la pasión juvenil es sublimada en objetos o manifestaciones
diversas del amor por el otro --flores, guedejas, pañuelos,
anillos--; objetos que sellan una promesa, pagan una culpa o
compensan un agravio. Una sensualidad delicada y real se
manifiesta en roce de casualidad, presiones tiernas, besos,
visión sorpresiva de la desnudez de hombros, manos o pies, que
son objeto de maravilla constante.
La acechanza de esa fatalidad encontrará réplica adecuada en la
visión del paisaje en los capítulos en que se narra la
navegación del río Dagua, cuadro de las ominosidades de la
naturaleza y pasaje de pruebas de terror y miedosa prevención
para Efraín. Condicionan el clima atemperado al estado de ánimo
del joven: selva y noche inciertas para los temores y terrores de
una carrera contra la muerte. Esta visión de la naturaleza es
precursora de la catedralicia visión de Rivera en La Vorágine y
de la visión naturalista del Mundonovismo. Ninguna novela de la
tradición decimonónica anticipa más claramente esa exaltación
americanista como María. Esta exaltación es multidimensional en
la novela de Isaacs y está fuertemente particularizada por la
sensibilidad romántica y chateaubriandesca y ajena, por tanto,
al naturalismo y a la agonía romántica de la obra de Rivera.
La dimensión espacial con todo su pintoresquismo del color
local, magnificado y teñido sentimentalmente en la evocación,
se articula en un vasto mosaico . . . . .
La emoción lacrimosa pone la novela en la línea sentimental del
Romanticismo para delatar no sólo la emoción de la belleza,
sino también la nostalgia de la felicidad perdida, la porción
de dolor y muerte que yacen en la experiencia temprana de la
vida.
"Una tarde, tarde como las de mi país, engalanada con nubes
de color violeta y lampos de oro pálido, bella como María,
bella y transistoria como fue ésta par mí, mi hermana y yo,
sentados sobre la ancha piedra de la pendiente, desde donde
veíamos a la derecha en la honda vega rodar las corrientes
bulliciosas del río, teniendo a nuestros pies el valle
majestuoso y callado, leía yo el episodio de Atala . . . .
." (María cap. 13)
Un coro de personajes pintorescos completa la caracterización en
esta novela. Los campesinos de las haciendas vecinas y los negros
llenan un momento de brillante color local con sus notas alegres,
dicharacheras, y su música. Todas estas caracterizaciones
responden al tipicismo edénico del mundo, a la patriarcal
perfección del régimen de la vida, donde la caridad, la piedad,
el amor y la justicia reinan por doquier.
"Extendida en el patio la grande y aterciopelada piel, las
mujeres intentaron exhalar un grito; mas al rodar la cabeza sobre
la grama no pudieron contenerse". (María cap. 21)
El período romántico y el realismo de esta generación no
pueden cerrarse mejor, tal vez, que con esta novela que realiza
algunos ideales del americanismo literario en forma inigualada
hasta entonces y que anticipa futuros logros de probada eficacia.
Los signos del período marcarán la visión de la naturaleza con
los atributos animadores que el romanticismo había traído a las
letras.